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LA CASA DEL ALMA
Los patios, ese espacio en que transcurría la vida y al que daban
las piezas, donde en las noches de Navidad y Año Nuevo, alrededor
de aquellas largas mesas, se reunía la familia. Arriba el cielo,
con la Cruz del Sur. Patios de glicinas y macetas con malvones.
Esos patios ya no están más. Natalia Kohen pinta patios
llenos de esa ausencia y entonces, en su lugar, pone interrogantes, recuerdos,
su alma. Los patios de Natalia son autorretrato y confesión. Desde
aquella noche en que vi estas pinturas en su pequeño estudio, sé
que Natalia me entregó un mensaje, enigma que se esconde detrás
de su implacable simplicidad y que trato de develar. Primera contradicción:
es más lo que Natalia nos oculta que lo que nos muestra. Retrato
de un alma luminosa que asume las contradicciones y ausencias de este
mundo sin sombras de desesperanzada angustia. Sabe, Natalia, que las escaleras
llevan a lugares imposibles, al destino incierto de nuestras existencias.
Aquellas macetas con malvones son ahora pequeñas plantas de un
paraíso perdido que buscan tapizar, como alfombras orientales,
las paredes transparentes de luz. Interior habitado por aves encantadas
que no son ni patos, ni gallinas, ni pavos reales, ni garzas. Secretos
símbolos fantasmales. Paredes altas, con pocas ventanas, y en el
fondo, una pequeña puerta franqueada por rejas adornadas, punto
de vista de la perspectiva del recinto sagrado. El cielo, azul. De un
espacio exterior que no puedo imaginarme. Lo que hay más allá
de los patios de Natalia, lo que hay afuera, sé que no es ni ciudad
ni campo. Quizás ese azul sólo sea un anhelo. La luz de
esas paredes no es de sol. Transparentes, sin peso, las sombras que proyectan
niegan la oscuridad. Aves con alas, que no vuelan, que no tienen volumen
ni peso, que sólo se desplazan en el mágico tablero cuadriculado
del piso, donde se define el ritual, el juego, el acertijo del destino.
Natalia me dice todo esto y más, con pocos medios. Una línea
de lápiz imperturbable, siempre igual, trazada con regla y compás,
delimita los espacios, más que dibuja las formas. Esta línea
implacable que oculta todo sentimiento no se ve turbada por ningún
claroscuro. No recurre, Natalia, a fuertes sombras proyectadas, ni a modelar
los símbolos que son las figuras que representa. La acuarela, utilizada
con extrema economía, sin pinceladas visibles. Lavados superpuestos
que apenas tiñen el papel. Algo de verde, poco de rojo, un rectángulo
de azul, nada más. Es que Natalia no quiere imponernos su mensaje.
Simplemente está allí, con diáfana luminosidad mostrándonos
su casa del alma.
Guillermo Roux
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